Cuando el pueblo vuelve a encenderse

23/12/2025 Rural con Tinta

Qué bonitos se vuelven los pueblos en esta época. Los que tienen la suerte de contar con presupuesto de luces de navidad, tienen esa “ventaja” estética añadida, pero no nos referimos a eso. En Navidad, el mundo rural respira distinto. Se prepara para acoger.

Qué alegría cuando aparcas el coche en la puerta de la casa familiar. No has terminado de poner el segundo pie en el suelo al bajar cuando ya escuchas un “¡Hombreeeeee!”, seguido de un abrazo de esos que no sabes cuándo acaba.

Abres la puerta y crees oler esas patatas a la importancia de la abuela, que preparaba con tanto remango, mientras ya había dejado el café hecho y el plato de pastas para la sobremesa, no sin antes darle el último toque de cocción a la carne guisada. Giras la manilla con ilusión, creyendo que vas a ver cómo viene corriendo hacia ti con el mandil puesto, para llenarte la cara de besos sonoros que te hunden los pómulos, pero que te impregnan de cariño del bueno hasta el último poro de tu piel.

Crees, sientes, esperas, imaginas… Pero ya no está… Los abuelos ya no están, pero sí. No les vemos, pero sí… No les escuchamos, pero sí… ¡Y mucho más en Navidad!

Pero como los abuelos eran mágicos (muéranse de envidia los Reyes Magos, Papá Noel, Olentzero y todos los personajes asociados con los regalos navideños), nos dejaron algo tan valioso que permanece siempre, más allá de despedidas: nuestros pueblos, esos lugares de encuentro.

También nos han dejado sus valores, sus gestos repetidos, su manera de habitar el tiempo sin relojes, el olor de las casas calentadas con leña, cocinas donde se aprendía a escuchar, a esperar, a entender que casi todo lo importante necesita tiempo.

Nos regalaron una herencia sin papeles, sin firmas, sin discursos. Sentimientos permanentes, hechos de rutina, de afecto y de presencia.

Por eso es tan importante que los pueblos sigan siendo lugares vivos. No solo habitables, no solo sostenibles, no solo productivos. Vivos emocionalmente.

Que sigan siendo espacios donde encontrarse y reconocerse, donde recordar que venimos de algún sitio concreto, con nombre, con paisaje y con historia. Porque sin esos lugares de retorno, la memoria se diluye. Y sin memoria, el futuro se construye más frágil.

En estos días de Navidad, cuando muchos pueblos recuperan por unos días la vida que el resto del año se les niega, conviene preguntarse qué pasará cuando esas puertas dejen de abrirse. Cuando ya no haya nadie que recuerde cómo se encendía la cocina, cómo se cuidaba el fuego, cómo se esperaba a que el caldo estuviera en su punto.

Defender los pueblos no es solo hablar de servicios, vivienda o conectividad (que también). Es defender el derecho a volver, a reconocernos en un lugar que nos explica quiénes somos.

Quizá por eso la Navidad en los pueblos no es una postal. Es un acto de resistencia íntima.

Un recordatorio de que todavía hay lugares donde el tiempo se detiene lo justo para que podamos respirar profundamente, para que el pasado y el presente se sienten a la misma mesa. Para que, aunque sea por unos días, el pueblo vuelva a encenderse… y con él, algo dentro de nosotros.

Y ahora… ¡vamos a tomar un vermú al Teleclub! Tenemos muchos abrazos que repartir.

← Volver a Rural con Tinta
Scroll al inicio